ECO Y NARCISO

John William Waterhouse

OVIDIO

METAMORFOSIS III, 370-401

Pues bien, luego que vio a Narciso vagando por las apartadas
campiñas y se enamoró de él, sigue sus pasos a escondidas,
y cuanto más le sigue, más cerca está la llama en que se abrasa;
no de otro modo que cuando el azufre vivo untado
al extremo de las teas se inflama al contacto de la llama.
¡Cuántas veces quiso acercársele con palabras zalameras
y dirigirle cariñosas súplicas! Su naturaleza se lo impide
y no le permite empezar; pero -eso sí le permite- está presta
para esperar sonidos a los que devolver sus palabras.
Quiso el azar que el zagal, alejado del grupo de sus fieles compañeros,
gritara: “¿Hay alguien?” y “¡alguien!” respondiera Eco.
Se queda atónito, y, tras dirigir la mirada a todas partes,
grita con voz potente: “¡Ven!”; llama ella a quien la llama.
Se vuelve él a mirar y como nadie venía dijo: “¿Por qué huyes
de mí?”, y escuchó tantas palabras como él había pronunciado.
Se detuvo, y engañado por la ilusión de una voz que contesta,
exclama: “¡Aquí, reunámonos!”, y Eco, que jamás respondería
con más gusto a ningún otro sonido, “¡unámonos!” repitió;
y secundando sus propias palabras salió de la espesura
y se encaminaba a echar sus brazos al cuello anhelado.
Huye él y mientras huy, “¡quita esas manos, no me abraces!
¡Antes morir -dice- que puedas tu tenerme!”
Ella no repitió más que “¡puedas tu tenerme!” Desdeñada,
se esconde en la espesura y, llena de vergüenza, se cubre
el rostro de ramas y desde entonces vive en cuevas solitarias.
Y aun así pervive el amor y hasta crece con el dolor del rechazo;
el insomnio y la pena adelgazan el cuerpo de la desdichada,
la demacración arruga su piel y todo el humor corporal se evapora
por los aires. Sólo su voz y sus huesos quedan; su voz perdura;
los huesos, dicen, adoptaron forma de una piedra.
Desde entonces se oculta en la selva y no se la ve por los montes;
todo el mundo la oye; un sonido es lo que sobrevive de ella.

(Trad. Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín)