LIBROS PARA NICOLETA: “CUENTOS DE LA MITOLOGÍA GRIEGA: EN EL FIRMAMENTO” DE ALICIA ESTEBAN Y MERCEDES AGUIRRE

En el firmamento.

Allí donde -alzando nuestra atónita mirada- sorprendemos un inabarcable, enmarañado laberinto, bosque de blancas flores: flores rutilantes y a la vez fantasmales; flores de fuego, aunque también  de hielo y nieve… O así nos parece desde nuestra lejanía ¡Distantes, imposibles estrellas! Partículas del infinito inalcanzable. ¿Se puede concebir mayor opuesto a la tierra que pisamos los humanos, ni mayor opuesto a la calidez de nuestra sangre, a las emociones que dominan nuestro corazón?… Sin embargo… esas estrellas en otro tiempo -remotísimo tiempo hace miles, millones de años- anduvieron también por estos humildes espacios, y se mezclaron con los mortales, mostrándose incluso, como ellos, capaces de sentimientos.

… Asomémonos a aquel entonces …

Érase una vez, cuando vivían las estrellas...

Nicoleta adora los cuentos de dioses. Me pide libros de mitología pero poco puedo hacer por ella. El presupuesto del Departamento dejó de llegar hace tiempo para invertir en la biblioteca (creo que mis antecesores tampoco lo pelearon demasiado) y los tres o cuatro libros que podrían ser apropiados son de esos simplones, que dejan el relato en los huesos con un estiló rayano en la estupidez y un vocabulario escaso y repetitivo, por no hablar de las  versiones  edulcoradas y cargadas de moralina. A veces pienso que los que los escriben creen que se dirigen a tontos y no a niños. No confundan conceptos, por favor.

Rechazo firmemente la noción de “Literatura infantil” y suscribo las palabras de Harold Bloom en su libro “Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades”:

“[…] la categoría de “Literatura para niños”, que hará un siglo poseía alguna utilidad y distinción, pero que ahora es más bien una máscara para la estupidización que está destruyendo nuestra cultura literaria. Casi todo lo que se ofrece comercialmente como literatura para niños sería un menú insuficiente para cualquier lector de cualquier edad en cualquier época.”

Por eso busco libros para Nicoleta.

“Cuentos de la mitología griega: En el firmamento” de Alicia Esteban y Mercedes Aguirre es delicioso para lectores jóvenes que se inician en la mitología, pero también para los adultos que los acompañan, padres o profesores, o para aficionados a la astronomía que tengan curiosidad por conocer la explicación mítica de las constelaciones. Los relatos se ajustan a las versiones canónicas (Hesído, Ovidio, Eratóstenes, etc.), pero dándoles la forma más accesible y atractiva de los cuentos.

Comienza por los mitos de las tres principales divinidades celestes: Helios, Selene y Eos; luego narra las desgraciadas historias de los descendientes del Sol: Faetón, las Helíades, Pasífae y Ariadna; y por último cuenta algunos de los catasterismos más conocidos: la Osa Mayor, Acuario, Andrómeda y Pegaso. Todo bellamente ilustrado por Siro López. Una delicia.

Son destacables los anexos:

  • Un glosario de lugares y personajes mitológicos, sencillo y claro pero riguroso.
  • Una selección de representaciones iconográficas de los relatos cuidadosamente escogidas y descritas, procedentes de cerámicas griegas.

Pasífae y Minotauro

  • Por último, las autoras dedican un par de secciones a hacer una breve contextualización de los relatos dentro del pensamiento griego. Alicia Esteban explica las fuentes literarias de las que proceden los mitos y Mercedes Aguirre ofrece, como contrapunto, las principales aproximaciones científicas al estudio de los astros, desde los presocráticos a la ciencia alejandrina.

Es bastante fácil de encontrar, a un precio muy asequible y está disponible en formato electrónico para los devotos del Kindle.

Por todo esto, creo que es un libro excelente, con un enorme potencial para ser utilizado en asignaturas como MAE o Cultura Clásica.

Datos del libro

Autoras: Mercedes Aguirre, Alicia Esteban
Ilustrador: Siro López
Editorial: Ediciones de la Torre
Colección: Biblioteca alba y mayo, narrativa  (22)
Año de Publicación: 2008
Encuadernación: Tapa blanda
Páginas: 127
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“LA VENUS DE LAS PIELES” DE LEOPOLD VON SACHER-MASOCH

Versión romana de la Afrodita de Cnido de Praxíteles. Museo Británico.

“En esta pradera hay una estatua de Venus, en piedra, cuyo original me parece que se encuentra en Florencia. La tal Venus es la más hermosa mujer que he visto en mi vida. No quiere esto decir mucho, puesto que he visto pocas mujeres y menos que sean guapas. Además, en amor soy todavía un dilettante que no ha pasado nunca de los preliminares del primer acto.

Dejemos, pues, el superlativo; como si lo que es bello pudiera ser excedido.
La Venus es hermosa y la quiero tan apasionadamente, tan dolorosamente, tan profunda, tan locamente, como se puede amar a una mujer; y ella responde a este amor con una sonrisa eternamente semejante, eternamente tranquila, una sonrisa de piedra. En una palabra: la adoro.
A veces, cuando el sol lanza sus cálidos dardos sobre los bosquecillos, me tiendo a la sombra de una copuda haya, y leo. A menudo, visito de noche a mi fría y cruel bienamada, me arrodillo ante ella, apoyada la cara sobre la fría piedra en que descansan suspies, y le dirijo plegarias.
El espectáculo es inexpresable cuando la luna —que ahora está llena— sale transparentándose entre los árboles. La pradera se inunda de reflejos argentados, y la diosa parece irradiar la luz dulcísima.”

LIBROS PARA NICOLETA

 

Nicoleta lee. Los ratos que le roba a la clase de Lengua los dedica a sumergirse en relatos que hablan de dioses de los cielos enamorados de princesas terrenales, de ninfas desdichadas y de monstruos horripilantes. Me advierte: “Profe, cuando acabes este capítulo vas a llorar.  Es muy bonito”.  Los pronombres, la voz pasiva y los sintagmas preposicionales tienen para ella una importancia igual a cero porque lo que Nicoleta prefiere son las historias apasionadas, los celos, los crímenes y los amores trágicos de los mitos. Yo también. Por eso no le doy mucha importancia cuando noto que su mirada soñadora se escapa a otras esferas mientras yo continúo con mis análisis sintácticos. No seré yo quien corte esas alas.

Nicoleta escribe. Con frecuencia me regala sus poesías, cuyo origen es para ella un misterio. Se sienta y escribe. Punto. Primero fueron un juego, pero ha descubierto que volcar en un papel el torbellino de contradicciones que agitan su corazón es una manera de darle cierto orden al caos de la adolescencia. Alguna musa juguetona de esas de sus cuentos la quiere, porque es inevitable querer a Nicoleta, y le susurra aladas palabras para sus poemas. Estoy segura.

Nicoleta quiere ser como las chicas mayores y a veces, quizá con demasiada frecuencia, saca su genio para proteger su lugar en el mundo. Pero lo que Nicoleta no sabe es que ese esfuerzo es inútil. Ella tiene cosas mucho más insólitas que ofrecer. Su imaginación y su dulzura son sus cualidades más valiosas pero las guarda como un tesoro, cuando en realidad esos tesoros están hechos para lucirlos. El día que Nicoleta se dé cuenta y se deje de máscaras, brillará igual que brillan las constelaciones del libro de mitos griegos que tanto le gusta leer.

EL BESO DE SELENE

Selene y Endimión. Gliptoteca de Copenhage.

Hacía mucho tiempo que la Luna no se aproximaba como anoche a nosotros, mortales soñadores y fugaces que paseamos nuestras pequeñas desdichas y felicidades, nuestras zozobras y nuestras glorias como si fueramos eternos. Selene con su luz plateada bajó una vez más a Latmos donde Endimión permanece dormido por temor a despertar abandonado y envejecido. El hermoso pastor prefirió el sueño incierto del beso de la Luna a soportar una vida tangible pero vacía sin ella, pues es de todos conocido que los amores irremediables e imposibles sólo pueden suceder en el extraño universo de los sueños.

Superluna 22 de junio de 2013

ENDIMIÓN EN LATMOS

Jorge Luis Borges

Yo dormía en la cumbre y era hermoso
Mi cuerpo, que los años han gastado.
Alto en la noche helénica, el centauro
Demoraba su cuádruple carrera
Para atisbar mi sueño. Me placía
Dormir para soñar y para el otro
Sueño lustral que elude la memoria
Y que nos purifica del gravamen
De ser aquel que somos en la tierra.
Diana, la diosa que es también la luna,
Me veía dormir en la montaña
Y lentamente descendió a mis brazos
Oro y amor en la encendida noche.
Yo apretaba los párpados mortales,
Yo quería no ver el rostro bello
Que mis labios de polvo profanaban.
Yo aspiré la fragancia de la luna
Y su infinita voz dijo mi nombre.
Oh las puras mejillas que se buscan,
Oh ríos del amor y de la noche,
Oh el beso humano y la tensión del arco.
No sé cuánto duraron mis venturas;
Hay cosas que no miden los racimos
Ni la flor ni la nieve delicada.
La gente me rehuye. Le da miedo
El hombre que fue amado por la luna.
Los años han pasado. Una zozobra
Da horror a mi vigilia. Me pregunto
Si aquel tumulto de oro en la montaña
Fue verdadero o no fue más que un sueño.
Inútil repetirme que el recuerdo
De ayer un sueño son la misma cosa.
Mi soledad recorre los comunes
Caminos de la tierra, pero siempre
Busco en la antigua noche de los númenes
La indiferente luna, hija de Zeus.

ENDIMIÓN (fragmento)

John Keats

Una cosa bella es un goce eterno:
Su hermosura va creciendo
Y jamás caerá en la nada;
Antes conservará para nosotros
Un plácido retiro,
Un sueño lleno de dulces sueños,
La salud, un relajado alentar.
Así, cada mañana trenzamos una
Guirnalda de flores que nos ata a la tierra,
A pesar del desaliento, a la inhumana
Falta de naturalezas nobles,
A los días nublados,
A todos los caminos insanos y lóbregos
Abiertos a nuestra búsqueda:
Si, pese a todo, alguna bella forma
Alza el paño mortuorio
De nuestro espíritu ensombrecido.
Como el sol, la luna, los árboles ancianos y los nuevos
Tendiendo su sombra cálida sobre los rebaños;
Como también los narcisos
Y el universo verde en el que moran,
Y los claros arroyos que fluyendo
Frescos hacia el estío,
Y el claro en medio del bosque
Manchado de rosas silvestres;
Y así el sublime destino
Que imaginamos para los grandes muertos;
Todos los deliciosos cuentos que oímos o leímos:
Fuente eterna de una linfa inmortal
Que cae sobre nosotros desde la orilla del cielo.

EL SILENCIO DE LAS SIRENAS

Imagen

 

EL SILENCIO DE LAS SIRENAS

Frank Kafka

Hay pruebas de que inadecuadas, incluso pueriles medidas, pueden servir para rescatarnos del peligro.Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de su nave. Naturalmente todos y cada uno de los navegantes podrían haber hecho lo mismo, excepto aquellos a los que las sirenas habían atraído desde distancias muy lejanas; sin embargo, era sabído en todo el mundo que tales medidas eran completamente ineficaces. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, y la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Pero Ulises no pensó en eso, aunque probablemente había oído hablar de ello. Confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas, e inocente, orgulloso de su pequeña estratagema, salió a navegar en busca de las sirenas.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. Y aunque es improbable que algo semejante haya sucedido, sigue siendo posible que alguien, alguna vez, pueda haber escapado de su canto, pero seguro que nunca de su silencio. Ningún sentimiento ni poder terrenal puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

De hecho, cuando Ulises se aproximó a ellas, las poderosas cantantes no cantaron, tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar su canto.

Pero Ulises, si se puede expresar así, no oyó su silencio. Pensó que ellas cantaban y que era él el que no podía escucharlas. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos, pero creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. Pronto, sin embargo, todo esto comenzó a desaparecer gradualmente de su vista al tiempo que él fijaba su mirada en el horizonte; las sirenas se desvanecieron literalmente , y él no supo más de ellas justo en el preciso momento en el que ellas estaban más cerca de él.

Y ellas, más hermosas que nunca, estiraban sus cuellos y se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no deseaban seducir, tan sólo querían atrapar tanto como pudieran el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron como habían estado; lo único que había sucedido es que Ulises había escapado de ellas.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

ECO Y NARCISO

John William Waterhouse

OVIDIO

METAMORFOSIS III, 370-401

Pues bien, luego que vio a Narciso vagando por las apartadas
campiñas y se enamoró de él, sigue sus pasos a escondidas,
y cuanto más le sigue, más cerca está la llama en que se abrasa;
no de otro modo que cuando el azufre vivo untado
al extremo de las teas se inflama al contacto de la llama.
¡Cuántas veces quiso acercársele con palabras zalameras
y dirigirle cariñosas súplicas! Su naturaleza se lo impide
y no le permite empezar; pero -eso sí le permite- está presta
para esperar sonidos a los que devolver sus palabras.
Quiso el azar que el zagal, alejado del grupo de sus fieles compañeros,
gritara: “¿Hay alguien?” y “¡alguien!” respondiera Eco.
Se queda atónito, y, tras dirigir la mirada a todas partes,
grita con voz potente: “¡Ven!”; llama ella a quien la llama.
Se vuelve él a mirar y como nadie venía dijo: “¿Por qué huyes
de mí?”, y escuchó tantas palabras como él había pronunciado.
Se detuvo, y engañado por la ilusión de una voz que contesta,
exclama: “¡Aquí, reunámonos!”, y Eco, que jamás respondería
con más gusto a ningún otro sonido, “¡unámonos!” repitió;
y secundando sus propias palabras salió de la espesura
y se encaminaba a echar sus brazos al cuello anhelado.
Huye él y mientras huy, “¡quita esas manos, no me abraces!
¡Antes morir -dice- que puedas tu tenerme!”
Ella no repitió más que “¡puedas tu tenerme!” Desdeñada,
se esconde en la espesura y, llena de vergüenza, se cubre
el rostro de ramas y desde entonces vive en cuevas solitarias.
Y aun así pervive el amor y hasta crece con el dolor del rechazo;
el insomnio y la pena adelgazan el cuerpo de la desdichada,
la demacración arruga su piel y todo el humor corporal se evapora
por los aires. Sólo su voz y sus huesos quedan; su voz perdura;
los huesos, dicen, adoptaron forma de una piedra.
Desde entonces se oculta en la selva y no se la ve por los montes;
todo el mundo la oye; un sonido es lo que sobrevive de ella.

(Trad. Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín)